«Quien no comienza por el amor no sabrá jamás qué es la filosofía».
Platón.

Aunque el párrafo anterior puede traer algún que otro malentendido, la mayoría de ellos alumbrados por nuestros propios miedos e inseguridades, lo cierto es que la mentira no es nunca una buena aliada del amor. Dicho así, muchas personas lo suscribirán, aunque su ego haya podido reaccionar con cierta indignación al leer el párrafo anterior que viene a decir lo mismo. ¿Por qué puede sucede esto?
En su libro Todo sobre el amor, bell hooks haya un problema de base a la hora de acercarnos al amor y es la falta de una definición compartida. hooks, de forma muy lúcida, observa que confundimos el amor con algunos de sus ingredientes que identifica como el cuidado, el afecto, el reconocimiento, el respeto, el compromiso y la confianza, junto a una comunicación sincera y abierta. Y al identificarlo con uno solo de estos aspectos podemos llegar a afirmar con relativa facilidad que alguien que nos maltrata nos ama porque siente afecto hacia nosotros o nosotras, o porque nos ofrece medios materiales a modo de cuidado.
En 1959, Erich Fromm escribió El arte de amar y asentó un giro fundamental a la hora de entender el amor como un acto, y no como un sentimiento del que somos objetos pasivos. Fromm observó que el amor es un rasgo de madurez, y como tal un arte que necesita práctica. Es dar, no recibir, constituyendo «la más alta expresión de potencia», de «mi vitalidad»:
«¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él —da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza—, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer a la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas. En lo que toca específicamente al amor, eso significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor.»
El amor, dijo Fromm, es «la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos», y yendo un poco más allá, Morgan Scott Peck, en El camino menos transitado, lo definió como «la voluntad de expandir el propio ser con la finalidad de nutrir el crecimiento espiritual propio o de otra persona [que yo ampliaría a otro ser]».
Entendido así, observará hooks, no podemos afirmar que amamos si causamos dolor o maltrato. No podemos afirmar que los padres aman a sus hijos e hijas cuando les castigan de forma severa, les humillan o les hablan mal, ni tampoco que existan los crímenes por amor, pues «maltratar y abandonar son, por definición, contrarios a nutrir y ejercer cuidados». Y lo que es más doloroso e importante: la mayor parte de nosotras y de nosotros tendremos que reconocer que vivimos unas vidas en las que hay afecto, e incluso cuidados, pero en las que sigue faltando el amor.
Lo cierto es que la mayoría no aprendemos sobre el amor en el seno de la familia, ni tampoco en muchas de nuestras relaciones de pareja. Incluso demasiadas veces este concepto nos falla en la amistad, donde sobre todo las mujeres emulamos las exigencias del amor romántico hacia al menos una de nuestras amigas que supuestamente es “la mejor”. El amor, entendido como la voluntad de expandir el propio ser nutriendo el crecimiento espiritual propio o de otro ser, de la vida misma si cabe, no es exigente, y conoce la gran importancia de establecer y ejercer límites. No da cabida al chantaje, no busca hacer sentir mal. Nada de todo esto permite a ningún ser desarrollarse plenamente, siguiendo su propio y particular camino, sino que busca la manera de atraerlo al nuestro, de imponernos a nosotros y a nosotras mismas sobre el otro arrastrados por nuestros vacíos y anhelos.
Demasiada gente que dice buscar el amor, en realidad solo busca tener pareja. Busca a alguien —pareja, hije o mascota— que llene todos sus vacíos, y de este modo le hunden bajo sus propios miedos. Hoy muchos jóvenes piden a sus parejas que les compartan su ubicación o las contraseñas de sus móviles, haciéndoles cargar con la desconfianza que guardan sobre sí mismos, y sus parejas ceden. También los adultos tendemos a culpabilizar a la figura de una tercera persona la erosión de nuestras relaciones —ya sean monógamas o poliamorosas— cuando éstas se transforman naturalmente, demasiadas veces sin que las hayamos cuidado más allá de lo que nos beneficiaba particularmente. Alain Badiou, en su Elogio del amor, afirma que «el enemigo del amor es el egoísmo, no el rival». De hecho, dirá, en el amor no caben rivales. Para él, las dificultades del amor son internas a su proceso creativo, caracterizado por la salida de la inmanencia, del autocentramiento, a la aceptación de la diferencia que encarna el otro, a la idea de que el mundo puede experimentarse desde otros puntos de vista aparte del propio y ejercer activamente un compromiso con ello, en la línea de lo que veíamos anteriormente. Y una vez aceptada la diferencia, «de presenciar el nacimiento de un mundo», amada en su propio ser único, no hay vuelta de hoja. Sin embargo, a diferencia de hooks, Badiou marca una distancia entre el amor y la política, entendiendo que la pasión política tiene más que ver con el control del odio por medio de la pregunta por el enemigo y la necesaria organización para anular sus efectos, mientras que el amor es una «aventura singular de una verdad de la diferencia». hooks, por su parte, afirmará que sin justicia no puede haber amor. Y esta justicia comienza en la infancia: reconociendo que los niños y las niñas no son nuestras propiedades, que tienen derechos que con cada uno de nuestros actos respetamos y defendemos. De lo contrario, el hogar familiar, que de por sí es una esfera institucionalizada de poder, puede fácilmente convertirse en una autocracia con los padres —generalmente el padre— como gobernadores absolutos. Otra vez, la importancia de la figura del otro en el amor:
«En un hogar con amor donde hay diversos cuidadores haciendo el papel de padres, cuando un niño tiene la sensación que uno de los padres es injusto puede apelar a otro adulto para buscar una mediación, comprensión o apoyo.»
Sin esta base, entiende, difícilmente puede sostenerse una sociedad democrática.
¿Y cuál es el corazón de la justicia, según hooks? La verdad, «vernos a nosotros mismos y al mundo tal y como es y no como nosotros queremos que sea».
Esto supone, por un lado, dejar de enfadarse o hacer chantaje emocional cuando se le pide a un niño o a una niña que sea sincero y no nos gusta su respuesta, lo que provoca que aprenda a mentir para evitar una reprimenda, decepcionar o hacer daño, y por otro lado, trabajar para descubrir nuestras máscaras, estas que fuimos construyendo en la infancia a base de recibir este tipo de mensajes contradictorios, y deshacernos de ellas evitando reproducir las mismas prácticas en la vida adulta. Sobre el amor a los hijos, Khalil Gibran escribió un precioso poema en El Profeta (donde también describe con maestría el amor de pareja en su poema sobre el matrimonio):
«Tus hijos no son tus hijos.
Son los hijos y las hijas del anhelo de la vida por sí misma.
Vienen a través de ti, pero no de ti.
Y aunque están contigo, no te pertenecen.
Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas habitan en la casa del mañana.
A la que no puedes visitar, ni siquiera en tus sueños.
Puedes esforzarte por ser como ellos.
Pero no intentes hacerlos como tú.
Porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.
Tú eres los arcos desde los cuales tus hijos
Como flechas vivas son lanzados.
El arquero ve la marca en el camino de lo infinito
Y te dobla con su poder.
Para que sus flechas puedan ir rápidas y lejos.
Que tu flexión en la mano del arquero sea para la alegría.
Porque así como ama la flecha que vuela
Así ama también el arco que es estable».
Del mismo modo, hace falta revisar críticamente el discurso dominante que nos moldea, fuertemente marcado por el patriarcado y el neoliberalismo o, lo que es lo mismo, por una fuerte voluntad de poder que se refleja tanto en hombres como en mujeres en la interpretación de sus distintos roles, y la idea omnipresente de consumo. Sobre este último punto, resulta muy interesante la película Materialistas, de Celine Song. En el 59, Fromm ya habló del concepto «mercado de la personalidad» en El arte de amar, y Badiou, de hecho, dedica un espacio extenso a la crítica de Meetic en su Elogio del amor, que hoy podríamos trasladar a Tinder, yendo todavía más allá en una crítica a lo que denomina el «amor asegurador» ausente de riesgos:
«El amor asegurador, como todo aquello cuya norma es la seguridad, implica la ausencia de riesgos para aquel que cuenta con una buena aseguración, un buen ejército, una buena policía, una buena psicología del goce personal, y todo el riesgo para aquel que se tiene enfrente (…). Ahí están los dos enemigos del amor, en el fondo: la seguridad del contrato de aseguración y la comodidad del goce limitado».
De forma similar, hooks afirma:
«Cuando te aferras a las dinámicas del poder, no tienes que tener nunca miedo de lo desconocido; conoces las normas del juego del poder. Pase lo que pase, es posible predecir el resultado. La práctica del amor no ofrece ningún lugar seguro. Corremos el riesgo de sufrir pérdidas, heridas, dolor. Corremos el riesgo de estar bajo el efecto de fuerzas fuera de nuestro control».
La mentira, encarnada en nuestros personajes y nuestras máscaras, en nuestros yoes superficiales, va en contra de lo real, de lo que es, con toda su complejidad y diversidad más allá de nuestro aparente control. Por difícil que pueda resultarnos la realidad en un momento dado, lo cierto es que no podemos evitarla. Quinientos años antes de Cristo, Siddhartha ya entendió que el dolor existe y no es evitable, aunque sí hay un sufrimiento que lo es y que se origina precisamente en el apego, en esa ilusión de control que nos impide entender la impermanencia a nuestro alrededor. Por eso siempre será más doloroso darle la espalda a la realidad que enfrentarla abiertamente, dejándonos transformar por ella. El compromiso con la verdad así entendido es un compromiso con la vida, pero también un compromiso con uno mismo: con lo que uno siente y piensa, aunando corazón, pensamiento y acción.
En este compromiso con uno mismo, las mujeres revolucionarias kurdas reivindican alejarse durante un tiempo de todo amor romántico, de toda relación en dichos términos, teoría que llevan a la práctica experimentando cambios sustanciales en su modo de ver y entender el mundo. ¿Por qué? Porque gran parte de nuestra vida se sucede por inercia, y en esta inercia hemos dejado de ver a los otros como fines en sí mismos. «Los adictos quieren liberarse del dolor, no piensan en el amor», afirma hooks. Y subraya que «cuando podemos estar solos, podemos estar con otras personas sin usarlas como medios para huir».
Lo cierto es que atravesamos tiempos especialmente oscuros. El miedo a lo diferente se extiende al mismo tiempo que florecen discursos individualistas y egocéntricos entre los ámbitos de autoayuda, pues no puedo llamarlos de crecimiento, que parecen más preocupados en proteger nuestra creciente susceptibilidad que en ayudarnos a trascenderla y a conectar con nuestra sensibilidad, nuestra increíble y maravillosa capacidad para ver al otro. Queremos encontrar el amor, pero creemos que el amor lo encarna una persona que nos ama tal y como somos, en nuestro sentido más superficial y sin invitarnos a seguir creciendo e incomodarnos ahondando en las profundidades de todo nuestro potencial por descubrir.
El amor es desafiante, exige coraje, y no puede ser previamente conocido. Es, de todas las aventuras, la más grande. Es un acto, una elección, «no se queda ahí sentado, como una piedra, hay que hacerlo, como el pan; rehacerlo todo el tiempo, hacerlo nuevo», como dijo Ursula K. Leguin. El amor no se encuentra ni se consume, se ejerce. Y para poder ejercerlo el primer paso es el de mirar hacia adentro, reconocer nuestras máscaras y soltarlas. O quizás este es el paso que nos abre el ser capaces de ver al otro y salir de nuestro ensimismamiento. El amor no tiene nada que ver con la debilidad, como afirman los roles de género, es vulnerabilidad reconocida en nuestra relación con el resto de seres. Como dice Alain Badiou, es la experimentación del dos tras la salida del uno, el mundo «puesto en práctica y vivido a partir de la diferencia y no de la identidad». Supone abandonar lo que queremos, porque nada tiene que ver el amor con el querer, mucho menos con la posesividad, y abandonarnos a lo que es con sus infinitas capas y texturas, con todas sus complejidades, incluso más allá del fin de una relación (o sin que ésta llegue a acontecer).
El amor, nos dirá bell hooks, que permanece cuando todo lo demás se ha ido, uniéndonos incluso a quienes ya no están, que nos permite abrazar la realidad de las cosas inesperadas y de las experiencias que no podemos controlar, hinchiéndose con la gratitud y también el perdón, es también político: un acto de justicia que podemos ejercer desde lo más cotidiano hasta transformar la sociedad por completo:
«La práctica del amor no aspira simplemente a dar más satisfacción vital a un individuo; se loa como la principal manera de poner fin a la dominación y a la opresión.»
Notas:
1El dolor no se puede evitar, forma parte inherente de la existencia. Lo que sí se puede cambiar es el modo de afrontarlo.